Provida: hipocresía y doble moral

La vida es, conceptualmente, bastante difusa. Incluso si la analizamos con objetividad científica. Pero ahora, cuando se trata de teorizar sobre el principio y el final de la misma, quienes se dedican -y quienes pretendemos dedicarnos- al mundo de la salud, caemos en una problemática ética muy permeable a la polémica.

Eso hace que, dentro de la población médica, las posiciones estén mucho más polarizadas de lo que podríamos esperarnos, y prácticamente caemos en un “si no estás conmigo estás contra mí”.

La radicalidad que emana de todos esos provida se une al fanatismo dogmático de los meapilas -esa figura tan patria de la derecha de la caverna-, y resulta en esas imágenes geniales de miles de personas enarbolando banderas de España (constitucionales o no) al tiempo que, con la mano que les queda libre, cogen la de sus hijos, convertidos para la ocasión en pequeños muestrarios de pegatinas y chapitas con imágenes de fetos descuartizados. La guinda la pone el cura que les acompaña, algo rezagado, con esa sonrisa ambigua que parecen entrenar en el seminario entre clase y clase. La foto, dantesca donde las haya, es más familiar de lo que querríamos algunos.

Ellos dicen defender la vida aunque, si buscamos, su actividad se centra en el discurso moralista sobre el aborto y la eutanasia.

Así, buscando en sus archivos, podemos encontrar su verdadero leitmotiv: “defender los derechos de los que no tienen voz”, o lo que para ellos es lo mismo: los fetos y los moribundos que desean acabar con su sufrimiento.

Sobre los segundos, es interesante el análisis que hacen porque, independientemente del dolor que sufra el paciente, y de su voluntad para acabar con él, o del pronóstico fatal que le espere, ellos mantienen la inmoralidad de la eutanasia. Y es así porque, en realidad, solo intentan impedir que controlemos nuestra propia existencia y que decidamos cuándo queremos acabar con nuestro sufrimiento.

Pero donde sí dan su do de pecho es con el tema del aborto, desplegando todos los medios de que son capaces para conseguir su objetivo: el aborto cero; la prohibición y penalización de la interrupción voluntaria del embarazo bajo cualquier condición.

Sostienen que es un crimen que acaba con la vida de un ser humano potencial, y que debe ser evitado a toda costa. Y es cierto que el aborto es un dilema ético que se plantea la medicina, pero ahora bien, ser médico implica hacer siempre un juicio y una valoración: ¿qué condicionantes acompañan ese embarazo?, ¿qué calidad de vida le espera al futuro bebé?, ¿y a la madre?

Nada de esto parecen preguntarse los provida, nada les importa más que imponer su moral católica sobre la libre decisión del resto de ciudadanos. Da igual que hayas sido violada, si te quedaste embaraza, te jodes. Es más, posiblemente hasta sea dios quien lo quiera así. Tampoco importa que tengas dieciseis años y se te rompiera el preservativo. Y no hablemos ya si el embrión está mal formado, nada justifica poner fin a una vida, aunque el feto sufra anencefalia y vaya a nacer sin cráneo, y que el poco tiempo que vaya a vivir lo haga dentro de una incubadora que le mantenga con vida. Dios también lo quiso así.

La situación, aunque quiera desdramatizarla, es penosa. Esta gente pretende dar voz a quienes, según ellos, no son más que las víctimas de nuestro estilo de vida inmoral. Y para ello, no dudan en hacer campaña por el sufrimiento de todos los que no militamos con su egoísmo, con métodos que rozan la ilegalidad. Agresiones a médicos, a sanitarios, piquetes delante de las clínicas, en los que insultan a las pacientes y las humillan precisamente en uno de los días más difíciles de sus vidas.

Un profesor de mi facultad, militante reconocido de este fanatismo cruel -y, casualidad, numerario del Opus Dei-, afirmaba en una entrevista: “he tenido la suerte de tener un abogado que me enseñó cual es la estrecha línea que separa lo que es un delito de una falta. Yo he faltado todo lo que he podido”. Sin comentarios.

Y lo más sangrante no es su falta de escrúpulos, su lamentable imposición ideológica, sino su doble moral, tan propia del griterío de la caverna de este país. Se envuelven en la bandera de defensores de la vida, pero mienten. Luchan contra la libertad individual, no contra la cultura de la muerte, porque si lo hicieran, se preocuparían de todas las vidas.

Yo sí me declaro provida, porque defiendo el derecho de todos los individuos a vivir de forma digna. Lo soy, porque me interesa más que los niños que nacen puedan ser felices, independientemente de cómo lleguen a este mundo o de quiénes sean sus familias, en lugar de obligar a que mujeres que no están preparadas sean madres. Porque, para mí, lo que sí es indecente es que casi 30.000 niños mueran de hambre en Somalia cada día, y no que un octogenario que ha vivido su vida feliz, decida que no quiere sufrir más.

Defiendo la vida porque me interesa más luchar por la igualdad de oportunidades, para que independientemente de tu origen, sea tu valía la que marque el límite, en lugar de mantener con mi discurso un statu quo añejo y caduco, patriarcal y machista hasta decir basta.

Por eso, cuando vea a todos esos fanáticos en las calles, en las instituciones y las asociaciones, defendiendo la vida en su conjunto, incluída la que aquellos que ya han nacido… Cuando ese día llegue, entonces sí podré considerarlos provida.

Álvaro de la Serna

(artículo publicado en guerreausilence.com)

3 Comments

Etiquetas Opinión

3 Comentarios sobre Provida: hipocresía y doble moral

  1. Laura

    Parece mentira que haya personas que, con 19 años, tengan las ideas tan claras y que, además, sepan expresarlas con tanta naturalidad y sin ningún tipo de escrúpulo. Empiezan a faltar mentes tan abiertas y despejadas en España hoy en día…
    Enhorabuena, Álvaro. ;)

  2. Ana

    Las mujeres nunca estamos preparadas para ser madres porque eso se aprende (no es verdad lo del instinto maternal), pero el crío no tiene ninguna culpa de que se hipersexualice todo como si no tuviera consecuencias cada rebolcón.
    Las mujeres queremos ser libres para ser eso, MUJERES y MADRES, y no que nos inviten insitentemente a dejar de serlo cuando alguien ha cometido un “error”.
    El mundo está lleno de errores y no lo abortamos por eso. Dejamos que cada día vuelva a salir el sol.
    ¿Quien vale más? Por supuesto tu que eres joven y guapo y listo pero el feo, tonto y viejo, o el pequeño, indefenso, con Down y no nacido ¿a tomar viento? Por que tu lo digas.
    A ver si te das cuenta que hay que proteger a TODO EL MUNDO especialmente a los mas débiles y mas pequeños. Porque si no la vida no vale la pena ser vivida.
    Por eso soy fanática de la vida, mal te pese.

  3. María

    Igual que en la vida se cometen errores, también está el derecho a decidir. Nadie te obliga a ser madre, ni el azar ni la moral ajena. Se trata de que las mujeres podamos decidir, igual que todo ser humano pueda decidir cuándo dejar de sufrir ante el inevitable hecho de la muerte. No es justo que intentes darle la vuelta a la tortilla, Ana, dado que creo que ese “error” implica tomar la decisión más complicada de tu vida. Me molesta profundamente la criminalización de aquellas mujeres que no pueden o no quieren ser madres, debido a que la decisión a la que se enfrentan es suficientemente dura como para encima sentirse abrumada por la opinión de todo el mundo, especialmente de ese sector “provida”, como si los demás fuéramos apuñalando a las embarazadas por la calle. No banalices con argumentos demagógicos sobre fetos viables con discapacidad y no eludas el hecho del sufrimiento de una madre que decide que no quiere tener un hijo con parálisis cerebral y que no pasará de los dos años de vida. Todo por una moral que eres muy libre de tener (y yo defenderé que tengas todas las facilidades económicas y prestacionales que tu familia pueda necesitar), pero no pretendas que el Estado, nuestras instituciones y nuestra sanidad se base en principios religiosos. Tú haz lo que quieras, porque eres libre de elegir, y deja a los demás que hagamos lo mismo, en consonancia con nuestras ideas y con nuestros principios, sin obligarte a que tú los acates, sólo que los respetes.

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