Rabia

Nos encontramos en un momento político y económico como ninguno de nosotros, jóvenes, habíamos vivido nunca. Momento en el que se nos quitan derechos a diario, se secuestran libertades en cada Consejo de Ministros, se publican datos negativos sociales y económicos, siempre al amparo de una herencia recibida o de una imposición exterior. Los alemanes vuelven a ser los malos, como en una película de Indiana Jones, los pobres siguen siéndolo, pero aún más, los ricos se aprovechan de la desdicha de la clase media que “vivía por encima de nuestras posibilidades” y la banca sigue siendo ese espíritu que, como en otros tiempos simbolizaba a Dios omnipresente, sirve de justificante del estrangulamiento de la población.

Lo curioso es que además, como aderezo a todo este sin sentido, las personas estamos asimilando un modelo de conducta neoliberal e hiperindividualista, en el que el descrédito a todo y a todos se fundamenta en el beneficio económico personal.

Frases de bar asoman en la escena política y sin fundamento racional alguno, aparecen acreditadas y apoyadas incluso por algunos políticos resentidos, que obtienen clamor popular por ser altavoz de todos aquellos que, misteriosamente, ahora son expertos de patxarán en la sobremesa política.

Si sumamos todas las desidias, los hurtos, los retrocesos en los derechos y en la vida tal y como la conocemos, si lo sumáramos con la conciencia con la que nos hemos educado en libertad, con la coherencia de quien ha crecido en un país que por unos instantes se quitó el atributo “de pandereta”, quizá lo que encontraríamos sería una rabia incontenible que nos haría gritar con vehemencia en actos públicos a los que todos acudiríamos en masa, exigiendo lo que es nuestro, exigiendo un cambio real, sin miedo de ser, incluso, cualquiera de nosotros quien lo ejecutara, la cabeza visible de todo, no esperando que las cosas cambien por ciencia infusa porque aplaudimos con las manos hacia arriba en silencio. Habría que desgañitarse, enfadarse, atropellarse por evitar que se estuviera desmantelando el sistema por el que tanto lucharon nuestros padres y por el que, qué cojones, también muchos peleamos a diario desde antes incluso de tener edad para hacerlo.

Pero no, no pasa eso. La rabia no está, se ha marchado, harta de esperar una respuesta. Como un enamorado hastiado de ser rechazado y no ve el sentido de continuar. ¿Qué nos está pasando? Tal vez es que la tristeza nos ha vencido, ¿la desesperanza igual? ¿O es que nos han escarmentado tantas veces que ya nos da miedo? La tristeza que se vive en estos días corresponde al otoño de un patriarca, a nuestro otoño como ciudadanos. Porque parecemos los versos falsamente atribuidos a Brecht, porque a lo mejor es que tenemos que empezar a pasar hambre para darnos cuenta de que los derechos que nos están robando nos alimentan igualmente, no lo sé, pero seguro que no es suficiente con colgar fotos en el muro del facebook o del twitter. Hará falta algo más para resurgir, como Ave Fénix, de estas cenizas que nos asfixian y nos obligan a quedarnos en casa, pero, sinceramente, yo ya no sé qué más puede ser, porque motivos, hay más que de sobra.

María

Secretaria de Igualdad de Juventudes Socialistas de Chamberí.

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Etiquetas Opinión

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