Necesitamos igualdad

El tema de la discriminación es, sin duda, una constante en el discurso socialista actual, y es fruto de una problemática social mucho más real de lo que pensamos.

La política de igualdad y contra la discriminación ha estado siempre muy mal comprendida. Que un gobierno gaste parte de su presupuesto y de su capacidad de idear nuevas políticas en que la mujer tenga los mismos derechos reales, en que las parejas homosexuales puedan formalizar su situación, o en que el hecho de estar embarazada no suponga un motivo de despido, parece a los ojos de ciertos grupúsculos neocon como una perfecta manera de despilfarrar el poco dinero que tenemos.

La economía, las cifras, las estadísticas se han convertido en los últimos años en una manera muy sencilla de alejar la realidad social, para convertirla en una imagen arquetípica. Así es muy sencillo decir que los 109 756 660€ que gestionó el Ministerio de Igualdad para sus proyectos son un gasto inconcebible en la situación económica actual. Pero no debemos olvidar lo que supone la discriminación para una parte considerable de nuestros ciudadanos.

Que un energúmeno te grite por la ventana de su coche “mujer tenías que ser”, es discriminar. Que esa señora mayor que sale de misa envuelta en su abrigo de zorro cruce la calle, para evitar al mendigo que pide en la puerta, es discriminar. Que las dos chicas que van camino del trabajo se agarren el bolso cuando a su lado pasa un hombre nigeriano, es discriminar. Llamar “panchito” a tu vecino ecuatoriano es discriminar, además de ser algo de muy mal gusto, al menos para alguien que conozca la historia de la emigración española en Europa e Iberoamérica.

El rechazo social que producen ciertos colectivos es muy preocupante desde un punto de vista ético y cívico. Y aunque parezca superfluo, es necesario cambiar las tendencias de gran parte de la sociedad. Pero, ante todo, es necesario evitar aquellos casos en que la discriminación no supone solo recibir un insulto, o enfrentarse a una situación humillante, sino que implican alguna forma de violencia. Esos son los casos más alarmantes, y que mejor justifican la necesidad de una ley reguladora al respecto, porque la violencia, tanto física como moral, es una lacra que poco a poco hace mella en la convivencia social.

Que se refieran a una mujer como Carla Antonelli en términos de “chico, chica, chique…” es insultante y totalmente punible desde un punto de vista legal. Así como el hecho de incluirla en una especie de paquete de lo que, para el inmundo Horcajo, son los infraseres de esta sociedad: los individuos con “Síndrome de Down” y los “enfermos de SIDA”.

Una vez más, los supuestos periodistas que trabajan en Intereconomía sirven, con sus declaraciones, a un proceso muy importante: el de activar la lucha por una sociedad más cívica e igualitaria. Con sus insultos solo consiguen el repudio de una gran mayoría de los ciudadanos, y justifican una vez más lo necesarias que son las leyes en pos de la igualdad y la no discriminación.

Retomando una frase de Carla Antonelli, en Público: “Si la caverna ruge es que existimos”.

Álvaro de la Serna

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Etiquetas Igualdad, Opinión

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