1979: Revolución y ¿libertad?

Hace hoy más de treinta años, Irán sufrió uno de los acontecimientos más importantes de su historia: la Revolución Islámica, que puso punto final al régimen del Sah de Persia. Los revolucionarios, encabezados por el líder chií, el Ayatollah Khomeini, derrocaron el régimen del Sah Reza Pahlevi, un régimen dictatorial en el que estaban prohibidos los partidos políticos, aunque también un régimen en el que el Sah se esforzó por integrar a la mujer en la sociedad, por darle una posición de igualdad respecto del hombre, por llevar a cabo un progresivo proceso de laicización, así como por luchar contra los grandes terratenientes.

Pero en 1979, la Revolución instauró la desde entonces llamada República Islámica de Irán, bajo la atenta supervisión del Líder Supremo, el Ayatollah Khomeini. Se estableció así una pseudo-democracia oficialmente teocrática, en la que los ciudadanos han de ser aprobados como electores por parte del clero chií.

Un régimen represivo, dónde las fuerzas de seguridad, los guardianes de la Revolución, previenen, persiguen y eliminan cualquier conato de libertad.

La crisis de derechos humanos en Irán es feroz: ausencia de libertad de culto, de libertad de opinión, de libertad política, de libertad sexual…  El pueblo Iraní no es soberano, como se demostró en los comicios de 2009, y esto supone un grave peligro, pues el régimen de Mahmud Ahmadinejad es, oficiosamente, una dictadura, que hace de las mujeres y los jóvenes los colectivos más perseguidos, sin hablar del colectivo LGTB que, según Ahmadinejad, no existe en Irán.

La juventud Iraní, como en el resto del mundo, es una fábrica efervescente de ideas, de nuevas formas de entender la realidad actual. Realidades que, normalmente, no casan con las expectativas ni la ética del régimen. Pero son, sin duda, las mujeres las que más han sufrido la Revolución. Pasaron de poder trabajar, de poder participar en su comunidad, de ser reconocidas como individuos al mismo nivel que el hombre, a ser un apéndice de éste, a ser obligadas a esconderse bajo el velo negro del más cruel anonimato, a ser sometidas a la voluntad de sus maridos…

Además, la guerra contra Irak de 1980 recrudeció las medidas represivas contra la sociedad, y en la actualidad, los homosexuales son ajusticiados. Los jóvenes, apaleados por exigir la democracia. Las mujeres, lapidadas por pretender ser personas. Ese es el caso de Sakineh Mohammadi Ashtiani; una mujer que en 2006 fue condenada a 99 latigazos por haber mantenido relaciones con dos hombres tras haber quedado viuda, y que más tarde, ese mismo año, fue condenada a muerte por lapidación, tras un juicio en que no dispuso de abogado en su defensa, acusada de adulterio. La condena fue confirmada por la Corte Suprema el 27 de mayo de 2007, aunque a día de hoy, aún no ha sido ejecutada, gracias al aplazamiento en julio de 2010, tras el cual sobrevino un caos jurídico e internacional, en que la acusación de adulterio se mezclaba con la de homicidio, frente a un escenario mundial que clamaba la liberación de Ashtiani. Lo que a día de hoy podemos asegurar es que Sakineh es una víctima más de la cerrazón de Irán, y de la falta de libertades individuales de sus ciudadanos, y que su caso es un claro ejemplo de la crisis de derechos humanos que sacude la antigua Persia, así como de la falta de legitimidad del Estado, que permite y anima la subyugación de la mujer.

Alvaro de la Serna

Militante de JSCh

 

Sakineh

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